1- La Respuesta a tantas Plegarias

En el bar de la esquina, se juntaron Manuel, Damián y Sebastián. Una mosca se acomodó en la lámpara que colgaba sobre sus cabezas. Se juntaron alrededor de las seis y vieron llegar a Rodrigo un rato después. La lluvia caía sobre la mugre de la puerta de vidrio. Rodrigo traía un papelito blanco entre sus dedos y lo miraba con pena. Detrás de la barra, un empleado buscaba hacer contacto visual con el recién llegado. "¡Mozo!" gritó Sebastián, pero a nadie molestó porque a esa hora eran los únicos en la esquina un lunes. Bueno, al pibe de atrás de la barra sí jodió un poco. Que le traigan un vaso más para el recién llegado.
- ¿Qué hacé', Rueda? -saluda el pibe mozo a Rodrigo, con una mano en su espalda y un beso en la mejilla.
Ninguna de las varias veces que Rodrigo abrió la boca, emitió sonido alguno.
- Mal ¿no ves que está mal? -responde Sebastián en su lugar.
El pibe mozo dejó el vaso adicional en la mesa con un golpecito seco. Al retraer la mano, de camino surtió un sopapo en la nuca a Sebastián. Manuel miraba a Sebastián recibir el golpe y la mosca que le pasó por delante de los lentes. Entre ambos hubo un intercambio de gestos que evaluaban el comportamiento de Sebastián. Damián miraba la mosca pasar y posarse en el marco de la ventana a una mesa de donde estaban. Rodrigo se sentó con pesar.
- ¿A cuál le jugaste? -pregunta Damián dirigiendo su mirada al Rueda.
Aun incapaz de hablar, hizo pasar el papelito entre los presentes. Todos se disponían a averiguar la respuesta cuando el viento sacudió con fuerza las ventanas. Primero Damián vio el 63, después Sebastián y Manuel lo vió habiéndose detenido a acomodar sus anteojos. La mosca remontó un vuelo espiralado hasta la mesa de los muchachos.
- Te dije que tenías que jugarle a la Desgracia -comenta Sebastián, ganándose ese gesto de levantar los hombros por toda respuesta.
- Si no salió la desgracia, salame -apunta Damián- ¿Y cuánto le jugaste? ¿Dos pesos?
- Para tener esa cara le habrá jugado cinco -corrige Sebastián- ¿Cuánto más le pudiste haber jugado?
Manuel levantaba los lentes con sus dedos para masajearse los ojos. Se mordía los labios a la vez que tiraba el boleto de lotería sobre la mesa. La mosca saltó del susto y volvió a posarse, ahora sobre el papel.
- Te voy a sacar la manía a cachetazos, boludo -masculla Manuel desde detrás de las manos que ahora le refriegan la cara.
- ¿Por qué? -dicen Sebastián y Damián, este último algo preocupado también toma el papelito- ¿Cuánto... ¡¿Cien pesos?!
Creyeron oír la voz de Rodrigo débilmente decir, sin sorprender a Manuel, las palabras: "Nacional y Provincia". Sebastián ya no se reía. Manuel ya no se cubría la cara, presionaba las cienes con la punta de sus dedos. La mosca estaba posada entre los pelos de Rodrigo sin que este se diera cuenta. Damián lo lamentaba por su amigo pues bien merecida tenía la cagada a pedo que se le avecinaba.
Alrededor de las siete ya no quedaban ánimos para reír o continuar la discusión. La mosca había abandonado la cabellera de Rodrigo y se había ido por la puerta de vidrio, que ya había dejado de batir con el viento. Se cruzaban palabras sobre boludeces, cosas que ya sabían pero se hacían decir para sostener la charla. Que cómo iban los estudios de uno, que qué tal el trabajo del otro, y alguno que todavía perseguía a la misma mina. Ni hablar de Rodrigo, de todas formas era quién menos se pronunciaba.
La mosca llevaba un buen rato volando afuera, lo curioso es que volaba cada vez más alto. La mayoría de los insectos no remontan mucho vuelo, era realmente extraño que se alzara tantos metros por encima de los techos, incluso de los edificios más altos. Su vuelo, sin más espirales que las necesarias para evitar las correntadas, la llevó a posarse en el caño de escape. La mosca parecía inmune al calor que manaba del metal. El brillo cromado enceguecería a cualquiera pero los bichos no se valen tanto de su vista. Y cualquiera andaba lejos allá abajo, el brillo solo lograba evitar que vieran esa motocicleta en medio del cielo.
Entre los cuatro amigos, el calor de la previa discusión ya estaba completamente disipado y en su lugar solo quedaba el tedio. El regular encuentro esa vez había fracasado y todos tenían esa sensación de extrañar algo que, cuando está, poco se aprecia ¿La mosca? Tal vez, o no. Todos parecían ensimismados buscando resolver ese misterio. Ninguno se dio cuenta del cese del vendaval sino hasta que un temblor sacudió todas las cosas. Grietas aparecieron en los vidrios.
Todos se enderezaron en sus lugares, cagados en las patas. Cada uno miraba a un cristal distinto y observaba el raro espectáculo de las grietas abriéndose paso por la estructura del vidrio hasta que éste se desmoronaba trozo a trozo. Cada uno salvo por Manuel que estaba de cara a la esquina y vio lo que había causado el temblor. Una rueda de metal cromado se veía perfectamente en el medio de la calle, no una rueda típica en absoluto, tampoco era exagerada, estaba fuera de cualquier escala pensable, era desmesurada. Más alta que el camión más alto, tan ancha como la calle más angosta.
Cuando los demás salieron del asombro de los cristales que se rompían progresivamente, vieron a su amigo y siguiendo su mirada tuvieron un nuevo y mayor motivo de estupefacción. Ninguno se avivaba de que lo mejor era que salieran de ahí lo antes posible, por lo menos para imaginar que tenían la más mínima salvación. El letargo les permitió comprender, como esas cosas que se saben sin fin práctico alguno, que la estructura de la rueda y de la moto que se perdía de vista continuaba vibrando después del impacto que la hizo caer y por eso los vidrios continuaban quebrándose hasta pulverizarse.
Una voz potente reverberó por todos los rincones de la ciudad, probablemente llegara hasta más allá de las ciudades adyacentes. La voz indicaba que habían suficientes metales fuera de la tierra para comenzar la purificación. Las palabras "metales" y "purificación" disparaban asociaciones completamente contrarias en las mentes de los muchachos, también en las de los empleados del restorán y de toda persona a cuyos oídos llegara la modulación de esta voz (incluso los sordos comprendieron el mensaje en el temblor de sus huesos). Eso bastó para que prefirieran estar fuera los cuatro y poder optar por correr despavoridos tan lejos como pudieran de esa rueda.
Sus cuerpos no respondieron sino hasta que un impacto destrozó el techo que voló a la otra cuadra. Sus miradas alzadas al cielo observaron muchos escombros recortados contra las nubes y una serpiente plateada y rodeada de flamas ondulando entre ellos. De más está apuntar las interjecciones obscenas con que reaccionaban al espectáculo que presenciaban. Sin poder quitar su vista de esa cosa que se agitaba en el cielo, se pusieron de pie y salieron por otra que la puerta principal. Rodrigo montó su propia moto y detrás de él saltó Sebastián, Manuel fue a su auto y a su lado estuvo Damián.
Arrancaron los motores y trataron de tomar caminos que los alejaran del monstruo que había caído junto a l bar. Sus gargantas roncas seguían injuriando y detrás de ellos, en las cercanías de aquel motociclista que no se atrevían a ver, un líquido plateado escapaba de todos los edificios y los vehículos se comenzaban a fundir. Pronto la simple intensión de alejarse se convirtió en una desesperada huida de ese mar plateado que los perseguía. La moto y el auto doblaron en una esquina y por suerte solo entonces tropezaron. Rodrigo voló unos pocos metros y se desmayó por ahí.
...

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